"El mar es el último refugio que me resta" A.Pérez-Reverte

22 noviembre 2009

a por la parejita de los c.....


Estoy hasta las narices.

Desde que estoy embarazada, la gente no acaba de comprender que no estamos ansiosos por "tener la parejita". "La parejita". ¿Hay algo más absurdo?...la dichosa parejita de los c....; no me entendais mal, si viene un niño, un varón, pues yo, le querré con toda mi alma, porque es mi hijo, pero tanto yo como mi marido somos perfectamente conscientes y estamos absolutamente convencidos que el hombre es lo peor del ser humano, en contraposición a la mujer que representa lo positivo del ser humano. es así. Y al que no le guste que le eche azúcar...

Por supuesto, todo es fruto de la experiencia, las peores personas que me he topado en mi vida son varones, los violadores, los que golpean sin piedad a sus parejas, y a sus hijos, los pederastas, los que por no ceder el paso bajan del coche para golpear a la persona que conduce, los violentos, los que en grupo con la cabeza rapada queman a mendigos...varones...lo peor del ser humano.


Por supuesto, si tengo un hijo haré lo posible por anular su violencia natural, lo educaré en el respeto, y haré lo que esté en mi mano porque sea una persona pacífica, sana y respetuosa con todo el mundo.


Tener una hija, para una mujer es una bendición, tener dos ya es un regalo de Dios a mayores, claro que queremos otra niña, pero la gente no lo entiende,¿? sobre todo en el caso de mi marido, erre que rre, que los padres siempre quieren un hijo "para que juegue al fútbol".....¡¡¡lo que hay que oir!!!!! ja ja ja ja ja, pues no mire, nosotros voleybol de toda la vida , ja ja ja, la gente es la h...


En fin, que seguimos viviendo en una sociedad machista, muchas mamás me dicen que es mejor un niño, porque adoran a su madres, las veneran. ¿realmente señoras creen que yo necesito la veneración de un hijo? pues no, gracias, y si ellas lo necesitan para sentirse importantes o queridas allá ellas, ¡¡vaya razonamiento!!!


ja ja ja ja..


ay!!! que poco hemos evolucionado.......................



bicos, tritones.

20 noviembre 2009

Un anciano de 95 años llega al médico para su chequeo de rutina.

El doctor le pregunta como se siente.
- Nunca estuve mejor - le responde - Mi novia tiene 18 años. Ahora esta embarazada y vamos a tener un hijo.
El doctor piensa por un momento y dice:
- Permitame contarle una historia : Un cazador que nunca se perdia la temporada de caza salió un dia tan apurado de su hogar que se confundió tomando el paraguas en vez del rifle.
Cuando llega al bosque le aparece un gran oso. El cazador levanta el paraguas le apunta al oso y dispara.
- ¿A que no sabe que pasó?
- No , se responde el anciano.
- Pues que el oso cayo muerto frente a él- concluye el doctor.
- Imposible -exclama el anciano- alguien mas debe haber disparado.
- ¡A ESE PUNTO QUERIA YO LLEGAR!

16 noviembre 2009

MARQUEZ


Es el cámara de televisión más valiente que conocí. Y eso que tuve el privilegio de trabajar con unos cuantos. Tenía la sangre fría y el pulso de hierro, el cabrón, hasta el punto de que a veces, cuando estábamos ganándonos el jornal, yo tenía que decirle que moviera un poquito la cámara o se agachara porque, si no, nadie creería que estuviese grabando de verdad aquello de cerca, sin trípode y de pie. Recuerdo que una vez, en un sitio llamado Gorne Radici, se mosqueó mucho porque, en vista de que no se movía cuando cascaban cebollazos, yo intentaba empujarlo disimuladamente para que no sacara los planos tan perfectos. Se rebotó con aquello y empezamos a discutir en mitad del pifostio, y pasamos el resto de la mañana, yo dándole empujoncitos cada vez que nos arrimaban candela, y él apartándose de mí y diciendo que me iba a calzar una hostia, mientras los de las escopetas que andaban pegando tiros nos miraban como si estuviéramos majaras.

De Vietnam a los Balcanes pasando por la plaza de Tiannanmen, la biografía de Jose Luis Márquez cubre más de un cuarto de siglo de historia bélica. De conmociones internacionales que abrieron telediarios. Tuve la suerte de trabajar a su lado muchas veces, en especial durante la larga guerra de los Balcanes. Con él pasé en Mostar mi última Navidad como reportero, la del año 93. Creo que nunca respeté tanto a nadie. Y no fui el único. Ese fulano gruñón, compacto y duro, de ojos azules y jeta impasible, con su voz de carraca vieja y su sempiterno cigarrillo colgado en la boca, era y es una leyenda en el mundo de los reporteros gráficos internacionales. Yo mismo vi, después de que grabara unas imágenes de belleza y horror perfectos –a veces una cosa y otra eran compatibles, pues no siempre lo peor es la sangre– en un lugar llamado Kukunjevac, acudir a la sala de montaje a los más fogueados cámaras de las televisiones internacionales para contemplar su trabajo, admirados. «Es la guerra de verdad», comentó Rust, de la CNN. Y por Dios lo era.

Ustedes mismos, quienes veían aquellos telediarios, recordarán otro de sus momentos de gloria profesional, pues unas imágenes suyas dieron la vuelta al mundo, emitidas cientos de veces: un croata tumbado en el suelo, intentando acertarle con un lanzagranadas a un tanque serbio, en Vukovar, mientras las balas trazadoras que disparaba el tanque pegaban en el asfalto alrededor, entre las piernas de Márquez; que, de pie junto al soldado, grababa la escena. Luego, un impacto en una pierna del soldado, éste saltando a la pata coja, las manos del reportero que estaba con Márquez metiéndole un paquete de kleenex al herido en el agujero de bala para taponar la hemorragia, y en ese momento, pumba, un zambombazo que hizo a herido y reportero buscar resguardo a toda leche, mientras el cámara, que seguía grabándolo todo de pie y sin inmutarse, se limitaba a pulsar la tecla de zoom abriendo a plano general.

Se jubiló hace algún tiempo de la tele. Nos vemos de vez en cuando, o hablamos por teléfono con esa bronca aspereza que era, y sigue siendo, nuestra manera de ser amigos. Vete a tomar por saco. Mamón. Etcétera. Nunca hablamos entre nosotros de batallitas, ni falta que hace. Como mucho, recordamos a Miguel Gil Moreno, a Julio Fuentes y a los otros compadres que dejaron de fumar. Cuando me pasé del todo a la tecla, escribí Territorio Comanche y dediqué el libro al puente de Petrinja y a Márquez –Carmelo Gómez lo encarnó de maravilla en la película de Gerardo Herrero–, los jefes de la tele quisieron vengarse en él, pues yo estaba fuera de su línea de tiro. Lo pusieron a hacer guardias en la puerta de la Audiencia Nacional. Es la única vez en mi vida que he usado el teléfono para algo así: llamé a Ramón Colom, director de TVE, y le dije que, si no lo dejaban en paz, igual me daba por escribir sobre otros territorios y sus habitantes, y entonces nos íbamos a reír mucho, todos. Ramón captó el mensaje, cumplió como un caballero, y Márquez volvió a sus guerras: Kosovo, Chechenia, Iraq y todo eso. Luego aceptó la jubilación anticipada, y ahora vive junto al mar, con un enano que, estoy seguro, tiene la misma cara de rubio cabrón, la voz de carraca y la mala leche que su padre.

Sólo una vez en veintiún años lo vi moquear. No trabajando, pues ya he dicho que era impasible. Se lo comía todo para sí, y al acabar el curro dejaba la cámara en el suelo, se sentaba en cuclillas con la espalda contra la pared y encendía un pitillo en silencio. Decía que cuando se jubilara iba a comprarse un Rolex, y decidí adelantarme gracias a los derechos de autor de Territorio Comanche. Una noche lo invité a cenar un chuletón en El Schotis, en la Cava Baja de Madrid, y le tiré el reloj sobre la mesa. «Toma, gilipollas», dije. Se lo quedó mirando, sin tocarlo, y sólo dijo dos veces: «En mi puta vida». Fue entonces cuando lloró. No mucho, claro. Una lagrimita de nada. Estamos hablando de Márquez.

XLSemanal, 22 de Noviembre de 2009


15 noviembre 2009

Belleza natural

Estoy harta-hartita de las bellezas de bisturí y photoshop. Ultimamente, parece que para ser "bella" es imprescidible tener unos morros inflamados, las mininarices sin tabique nasal, las tetas de silicona y el culo como una plaza de toros.
Pues no, me niego.
La belleza natural, como la de Diane Kruger, sin estridencias, clásica, armoniosa.
Envidia sana.
Lo reconozco.

10 noviembre 2009

Los niños de Casterlsardo


Amarro en Castelsardo, en el norte de Cerdeña, y bajo a tierra a estirar las piernas, relamiéndome de antemano por los espaguetis con bogavante y la botella de tinto local que voy a calzarme en cuanto me siente en la terraza del restaurante Fofó. Me gusta mucho este pueblecito costero por varias razones. Una es que al amanecer impresiona verlo desde el mar, en la distancia, encaramado en su montaña fortificada que hasta hace sólo un par de siglos lo mantenía a salvo de los piratas. La otra es que el recuerdo de la antigua monarquía aragonesa –Cerdeña fue española en otro tiempo, como gracias a los sucesivos ministros de Educación saben perfectamente todos ustedes– sigue presente en sus viejas piedras, en las costumbres y en el habla de sus habitantes, y todo aquí tiene un aire familiar.

Hay una tercera razón, que convierte Castelsardo en uno de mis favoritos de esta parte de la isla: no está saturado de visitantes como Alghero, o Cagliari; y la Costa Esmeralda, con Porto Cervo y los megapijopuertos caros de diseño frecuentados por Flavio Briatore y esas pavas que lo acompañan por amor, Alejandro Agag, Fefé, los honrados Albertos y compañía, queda lejos, más allá de las bocas de Bonifacio. Esta otra parte de Cerdeña es más de andar por casa: señoras mayores sentadas cosiendo o charlando con las vecinas, pescadores con pinta de rufianes que todavía miran las piernas a las turistas que pasan por delante, tiendas modestas, bares humildes y cosas así. La vieja Cerdeña sigue presente aquí, dejándose reconocer –aunque no sé por cuánto tiempo– sin demasiado esfuerzo. Con Castelsardo me pasa lo que con Porto Torres, otro lugar más feo y cutre que está cerca, unas millas a poniente, junto al golfo de Asinara. Bajas a tierra, allí como aquí, y parece que estés, para lo bueno y lo malo, en la España mediterránea de los años sesenta, antes de que el ladrillo y la poca vergüenza lo destrozaran todo. Sólo falta, para creerte en la costa de Murcia o Almería, una pareja de la Guardia Civil, de esas que iban por la costa con el máuser al hombro y la cogotera verde en el tricornio.

También la gente parece más decente. Y no me refiero a honradez y cosas así, porque la condición humana en todas partes cuece las mismas habas. Hablo del modo en que se relacionan y se comportan. Los sardos, quizá por su condición de isleños, son serios de talante, respetuosos consigo mismos y con los demás; y esa manera de comportarse enlaza con muchos de mis recuerdos. Una escena a la que asisto en una de las empinadas calles del pueblo me lleva de modo asombroso al pasado: en una acera, una señora de edad amonesta a dos niños que iban en bicicleta y estuvieron a punto de atropellar a otro niño que jugaba. La señora los reprende con gravedad; y los niños, apoyados en el manillar de sus bicis, la miran muy serios, sin abrir la boca, hasta que al fin asienten respetuosamente y siguen su camino con más atención. La escena me impresiona, pues yo fui, en otro tiempo, uno de esos niños. Recuerdo perfectamente el respeto, temor incluso, con el que los pequeños aceptábamos la autoridad de cualquier persona mayor. Hasta un cachete o palo en el culo, aplicados con oportunidad, moderación y justicia por alguien que no era familiar tuyo, resultaban inobjetables. Era normal que, a menudo, vistas las circunstancias, tus padres diesen la razón a la persona mayor que te reconvenía del modo adecuado. En otros tiempos, a un niño no lo educaban sólo sus padres o maestros. Lo hacían entre todos. Y no era extraño que gente humilde, de modesta condición, tuviera hijos mejor formados en dignidad y maneras que los de clases más acomodadas. En otro tiempo, la urbanidad no era un lujo esnob, sino una forma de relacionarse con respeto. De vivir.

Sigo camino en busca de mis espaguetis con bogavante mientras veo a la señora caminar delante de mí –bata de botones estampada de toda la vida, bastón con el que se ayuda a subir la empinada cuesta–, e imagino cómo se habría desarrollado esa escena en otros lugares de Italia y, por supuesto, en nuestra España cañí. Es como si lo viera. «Hay que portarse bien, criaturas, y no atropellar a la gente», diría la señora. Por ejemplo. Y los niños, dos enanos cabrones de diez u once años, rebotándose con el descaro hoy habitual en la pequeña chusma: «Vete a mamarla a Parla, vieja pelleja. Anda y que te folle un pato loco». Quedando ahí la cosa, claro, mientras el padre o la madre de las tiernas criaturas no anduviesen cerca para amenizar el episodio. «A ver quién te manda echarle broncas a los niños, tía. Con qué autoridad te atreves. Métete en tus asuntos, tontalculo, porque a mis hijos no les riñe ni Dios. Que yo por ellos mato, cacho guarra.» Eso, en el mejor de los casos. Cabe, también, la posibilidad de que a la señora la inflaran a hostias entre toda la familia. No sería la primera vez. Ni la última.

XLSemanal, 15 de Noviembre de 2009

06 noviembre 2009

mamá de mayo 2010


Pues sí queridos tritones, voy a ser mamá si Dios quiere para el próximo mayo de 2010.


No podeis ni imaginar mi alegría a pesar de los mareos...estómago revuelto..etc..aunque ha decir verdad lo peor ya ha pasado, y las molestias empiezan a remitir.


Estoy de 12 semanas y la ecografia que os pongo no es la de mi bebé, pero tiene 12 semanas.


Un minibebé de 7 cm, con sus manitas, sus rodilals, sus pies..es INCREIBLE verle a través de un monitor moviéndose y tan indefenso.....


feliz día tritones.


Aún no sé si es niño o niña....a buscar nombres eh!!!! que no hay quorum al respecto, (aunque Arturo tiene muchas papeletas..ja ja ja)



muakis


01 noviembre 2009


Olvidarte es más difícil que encontrarse al sol de noche,
que entender a los políticos o comprar la Torre Eiffel.
Más difícil que fumarse un habano en American Airlines,
más difícil que una flor plástica marchita.

Olvidarte es más difícil que una flaca en un Botero,
que encontrarse un gato verde, o a un cubano sin sabor.
Más difícil que Lady Di en la estación del metro,
olvidarte, es tan difícil olvidarte.

Olvidarte, olvidarte es querer jalarle el pelo a una botella,
es creer que la memoria es un cassette para borrar.

Olvidarte es recordar que es imposible olvidarte, olvidarte.
Incluso es más difícil que aguantarte.
Si extraño tu neurosis y tus celos sin razón, ¿cómo no extrañar tu cuerpo en mi colchón?

Olvidarte es un intento que no lo deseo tanto,
porque tanto es que lo intento que me acuerdo mucho más.
Y he llegado a sospechar que mi afán de no acordarme, es lo que me tiene enfermo de recuerdos.

Olvidarte es lo que espero para reanudar mi vida, harto de seguir soñando con la posibilidad,
de que un día por error, o pura curiosidad le preguntes a un amigo por mis huesos.

Olvidarte, olvidarte es querer jalarle el pelo a una botella,
es creer que la memoria es un cassette para borrar.

Olvidarte es recordar que es imposible olvidarte.

Olvidarte incluso es más difícil que aguantarte.
Si extraño tu neurosis y tus celos sin razón, ¿cómo no extrañar tu cuerpo en mi colchón?


COMO SUENA?


http://www.youtube.com/watch?v=9ar-wN8OAfk